El despertar de Ristra y Morcillo a un mundo perdido: crítica de Songs of a Lost World – the Cure – Capítulo I

La vuelta a las jornadas de minutos contados ha tenido a Morci y Ristra sumidos en un engañoso letargo, pero el largamente esperado memento mori del 31 de octubre, Halloween-Samhain, ha despertado a estas dos almas en pena a su morcillesco mundo… perdido.

Morcillo Smith cardó su peluca con tino y expectación —dressing up, dressing up— y recorrió el camino desde su residencia al Wicklow en compañía de Ristra Siouxie —a quién, no obstante, confundieron con Gallup, Bowie y un pegamoide—, para unirse a otros espíritus oscuros en la noche. Su plan era hacerse una vez más con el control de la tablet conectada al equipo de sonido del bar para, a la primera campanada de la media noche, comenzar a bailar al son de las canciones de un mundo perdido, el de los (sorry Iñigo) Cure, la banda (sorry again) que les ha acompañado desde que ambos «soñaban» sentados en el murete de la panadería del barrio «que el mundo era un sueño». Ya han pasado varias lunas desde entonces, pero Ristra y Morcillo continúan orbitando alrededor del astro Cure, en la galaxia orquestada por los cinco (seis con Perry Bamonte, el hombre hierático, en directo) chicos imaginarios, preguntándose y respondiéndose: ¿Es posible?

Es posible.

Foto: Ristra Morcille

En unos tiempos tan oscuros como los que estamos viviendo, protagonizados por lo peor y los peores del género humano, tiempos de desesperanza, asco y desdén, llega Robert Smith a sus 65 años y, cuando nadie lo esperaba, nos entrega un disco de the Cure que no sólo está a la altura de las grandes obras del grupo, sino que nos habla de y desde el mundo de hoy. Nadie lo esperaba. No lo esperábamos nosotros, aunque hubiésemos escuchado 3 o 4 piezas del disco tocadas en directo antes de su edición, porque —ahora lo vemos— las piezas componen, revelan y se multiplican y multiplican en el todo de la obra: un círculo o sistema virtuoso que se llama Songs of a Lost World. 

Marcos Gendre sabe de lo que habla en su escueta pero certera reseña en Mondosonoro cuando sitúa la nueva obra en la cartografía discográfica de the Cure y a la altura del Wish, amén de otros comentarios. Ya no es el único a la fecha de revisión de este texto y hasta los datos —primer número uno desde 1992 para the Cure en el Reino Unido— lo corroboran. Esto es un sueño hecho realidad, y no precisamente por los números. Algo que parecía imposible. Para Morcillo, es Esperanza. 

Dijo Robert en Bloodflowers que el fuego estaba casi apagado, que no había nada más que quemar. Pero el Herrero ha bajado a la fragua. Parafraseando a Manuel Vilas: su oficina es el fuego. Veamos qué es lo que ha venido a quemar y, sobre todo, qué ha forjado con ello.

Songs of a Lost World es un título profundamente disémico, es decir, que juega con el doble sentido del mundo pasado de Robert Smith y the Cure, de todos nosotros —mundo no exento de oscuridad, pero tampoco de sueños—, y el mundo a la deriva en el que nos encontramos ahora. Y aún en una tercera capa, ya desde la portada, nos parece que alude al tema que se trata en el siguiente poema:

Ozymandias

(Traducción de Fernando G. Toledo)

A un viajero vi, de tierras remotas.
Me dijo: hay dos piernas en el desierto,
De piedra y sin tronco. A su lado cierto
Rostro en la arena yace: la faz rota,

Sus labios, su frío gesto tirano,
Nos dicen que el escultor ha podido
Salvar la pasión, que ha sobrevivido
Al que pudo tallarlo con su mano.

Algo ha sido escrito en el pedestal:
«Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad
Mi obra, poderosos! ¡Desesperad!:

La ruina es de un naufragio colosal.
A su lado, infinita y legendaria
Sólo queda la arena solitaria».

Ozymandias

(Versión original)

I met a traveller from an antique land
Who said:—Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. Near them on the sand,
Half sunk, a shatter’d visage lies, whose frown

And wrinkled lip and sneer of cold command
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamp’d on these lifeless things,
The hand that mock’d them and the heart that fed.

And on the pedestal these words appear:
«My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye mighty, and despair!»

Nothing beside remains: round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare,
The lone and level sands stretch far away.

(Fuente: «Ozymandias», el soneto de Percy Bysshe Shelley | Revista Aullido. Literatura y poesía)

Lo cierto es que Ristra Morcille se acordó de este poema de Shelley nada más ver la portada del disco —maravillosos años aquellos en los que una ligeramente ahumada Ristra leía a los románticos ingleses en las gélidas y neblinosas mañanas de Vitoria—. La clave del poema para Ristra y Morcillo Smith está en los versos “Sus labios, su frío gesto tirano, / Nos dicen que el escultor ha podido / Salvar la pasión, que ha sobrevivido / Al que pudo tallarlo con su mano”.

Songs of a Lost World es así la pasión que sobrevive al artista en forma de las palabras pronunciadas, cantadas (los labios, tan presentes), aunque en conjunto, tanto el poema como la propia escultura Bagatelle, del artista esloveno Janez Pirnat (1932-2021), que ocupa la portada, vengan a decir que no somos sino una bagatela flotando en la inmensidad del universo. Esto hace aún más cur(e)iosa la conexión con Ozymandias.

Para Ristra, Robert demuestra con contundencia que todavía tiene hueco en este mundo cambiante, que sabe que ya no es aquel chico que soñaba que el mundo era un sueño, pero que no importa, que es la evolución de todo lo que ha sido (All I Ever Am) y aún tiene qué cantar y debe hacerlo (A Fragile Thing). Algunos parecen no haberse percatado de esta evolución, porque creen, equivocadamente, que en el arte pasa por el cambio —ese perjuicio postmoderno qué tan bien alimenta la desbocada máquina tardocapitalista: la novedad constante, el nuevo estímulo que se apaga tan rápido como un bip y nos deja superficiales, frívolos y vacíos, apostilla Morcillo—. Pero para nuestro Herrero, insiste Ristra, no se trata de forjar un objeto extraño, ajeno a sí mismo. Las palabras no deben cambiar en un mundo en el que seguimos queriendo matarnos unos a otros (Warsong), y quizá no haya nada que podamos hacer, excepto cantar, antes de que no quede nada, NADA, NA-DA (Endsong).

En lo musical, Songs of a Lost World trae un sutil pero nuevo sonido a the Cure. Despliega una producción moderna, distinguible con respecto a cualquier otro disco del grupo, en la que suponemos que el coproductor Paul Corkett ha tenido algo que ver y aunque Robert, según cuenta en esta entrevista lo haya mezclado fundamentalmente en su casa. Una producción cercana pero no igual que la de Bloodflowers, donde ya trabajara Corkett. Aquí el bombo suena enorme pero, como la caja y el resto de la batería, con cierta etérea ingravidez, excepto en Endsong, donde emula claramente el sonido de Disitegration (¡NA-DA!). Una producción, en cualquier caso, que cumple también el sueño de Robert de integrar los sonidos del metal en la paleta de the Cure. Sueño perseguido desde sus colaboraciones con Korn. Sueño no cumplido en el semifallido The Cure, con el productor del nu metal Ross Robinson. Ahora entendemos el persistente gusto de Robert por Burn, la canción de la banda sonora de El Cuervo: su sonido prefigura el sonido de Songs of a Lost World.

Nadie espera algo así de un grupo que lleva 45 años de carrera. Pero ha sucedido. Porque no es una carrera, es una obra artística. Oh, sorpresa nada sorprendente en realidad. ¿Por qué nos sorprendemos entonces?

Para Ristra, Robert Smith (o su personaje) siempre ha «pretendido» burlar al tiempo con su «hacer creer» de ilusionista. Algunos, incluso hoy, le han tildado de eterno adolescente. Se equivocan, piensan Ristra y el Profesor: si algo hay en este disco es evolución en forma de asunción de lo que somos y hacia algo aún más sublime, más elevado si cabe, aunque algunos lo hayan considerado más de lo mismo.

ALONE le parece a Ristra una justificación del disco, le comenta a Morcillo Smith. Del por qué ahora. Ristra piensa que, por lo que pudiera pasar (vistas las orejas al lobo estepariopandémico), y aunque hayan transcurrido 16 años y haya más canciones que puedan ser cantadas, Robert ha decidido editar estas 8 (convenientemente ordenadas por Mary, según el propio Robert) porque necesita comunicar lo que comunican y asegurarse de que sobrevivan al artista (nada… sino cantar). Robert explica también en la extensa entrevista cuál es la génesis de Alone. Él, en su vida nocturna, en su casa, con su telescopio, contemplando el fuego de la noche estrellada, y la idea de nacer y morir solos. Y el miedo a la muerte. 

Pero todos sabemos que cualquier obra de arte significa mucho más de lo que pueda decir su autor de ella, asegura Morcillo. De no ser así, ¿por qué un/a artista habría de expresarse a través del arte y no diciendo «directamente» lo que quiere decir? La polisemia. La potencia de la multiplicidad del significado. Y la universalidad a través de lo «más personal», que dice Robert en la entrevista. Y una conexión emocional, también lo menciona.

Si el concepto de soledad en Alone es marcadamente existencialista, también alude, entre otras cosas, a que es la última canción que cantan solos porque nosotros y los que vengan después seguiremos cantándola.

Foto: A

Mientras sostiene su Guiness y danza, a Morcillo Smith le flipa esto: cualquier pequeño cambio en los pocos elementos que componen la gran orquestación que hace avanzar la canción —como un algo físico, cuasilíquido, lento y expansivo (el cosmos sideral) — le parece plenamente significativo (sólo Guiness, I swear, el ahumado le sienta mal a esta morcilla).  La canción está dirigida por las notas altas del bajo, metálico, interestelar, que marca la pauta, como una batuta, de la gran masa sónica que avanza en el vacío. Es extraordinaria la alianza artística entre Robert Smith y Simon Gallup. Desconocemos hasta qué punto el Herrero ha esculpido las notas para que las toque Gallup. ¿Habrá predefinido las líneas de bajo con toda exactitud o habrá dejado margen a Gallup? No lo sabemos. Pero sí que la canción suena enormemente grande, orquestal desde lo mínimo, casi sobre tres únicos elementos: la batería, el bajo y ese sostenido de teclados, dramáticos y atmosféricos, tan característico de the Cure. Después van añadiéndose los exquisitos arreglos de piano eléctrico, primero, y ese otro (Morcillo cree que de guitarra) con delay, que suena también al principio de la canción y evoca una especie de caída o de lluvia de estrellas, además de algunas otras texturas —todo convenientemente envuelto en una reverberación espacial. Es una canción cósmica. Todo el disco está marcado por las distintas distorsiones metálicas del bajo y de la guitarra de Reeves Gabrels, desde distorsiones tipo metal zone, donde el simple deslizamiento de los dedos sobre las cuerdas se amplifica en un característico chirrido, a otras más ochenteras, modernos fuzzs (como en All I Ever Am) y overdrives varios, como éste del bajo en Alone, cogita Morcillo pensando en sus propios pedales de efectos.

Y qué decir de la letra. Sólo que es de una belleza universal. Sólo que cuenta una enigmática historia. Sólo que ha sido depurada durante años para decir lo esencial y decirlo de la manera más bella y concreta posible. Cuando decimos «decir», decimos pronunciar las palabras que los componen como si cada palabra fuese un objeto mágico y precioso que hay que acariciar con tiento, sílaba a silaba y fonema a fonema, mientras se gira al traerlo al primer plano del momento. Si existiera la Real Academia de la Lengua Inglesa, Robert Smith —una imagen suya— debería figurar en un lugar destacado del salón de plenos, por haber cuidado y hecho brillar la lengua inglesa como los grandes poetas, piensa Morcillo. Pero ellos no necesitan una real academia. Y sí, es hora de confesar que, para Morcillo, que es poeta de los de escribir y a veces publicar poemas, Robert Smith es uno de los grandes poetas contemporáneos. Se demora Robert en empezar a cantar, pasan varios minutos, mientras se van superponiendo las sutiles capas de arreglos y la intensidad crece para llegar al momento del decir. Robert desgrana imágenes y correspondencias como We toast with bitter dregsAnd the birds falling out of our skies/And the words falling out of our minds/And here is to love, to all the love/ Falling out of our lives y todo lo que entra en escena, en fin, se siente destinado a estar ahí. Dice que tenía la letra casi completa, pero a falta de algo, algo que pujaba por aparecer en su mente, y que fue entonces cuando recordó el siguiente poema del poeta inglés Ernest Christopher Dowson (1867-1900):

Dregs

(Versión original)

The fire is out, and spent the warmth thereof,
(This is the end of every song man sings!)
The golden wine is drunk, the dregs remain,
Bitter as wormwood and as salt as pain;
And health and hope have gone the way of love
Into the drear oblivion of lost things.
Ghosts go along with us until the end;
This was a mistress, this, perhaps, a friend.
With pale, indifferent eyes, we sit and wait
For the dropped curtain and the closing gate:
This is the end of all the songs man sings.

Poso

(Versión traducida del Profesor Morcillo)

El fuego está extinto y consumido su calor,
(¡Este el final de toda canción!)
Apurado el vino dorado, queda el poso
Como el ajenjo, amargo; como el dolor, salado;
Y la salud y la esperanza han ido de la senda del amor
Al lóbrego olvido de las cosas perdidas.
Nos acompañan los fantasmas hasta el fin;
Aquí, una amante; allá, quizá, un amigo.
Con mirada indiferente y pálida, nos sentamos a esperar
La caída del telón y la puerta que se cierra:
Este el final de toda canción.

Alone está emparejada según el propio Robert con Endsong. El principio y el fin de la obra, en ese paisaje cósmico que contempla con su telescopio en el otoño de la vida. ¿Un entrelazamiento cuántico? No es ninguna novedad el enfoque existencialista en la lírica de Robert Smith. Pero aquí hay una evolución. Robert lo dice muy claro en la entrevista: Cuando eres joven, te acercas a la muerte de una manera romántica. Ahora es distinto. Si Alone finaliza precisamente con esa palabra: SOLO, Endsong lo hace con la palabra NADA. NADANA-DA…, repite en el ominoso final.

(Continuará)