
El profesor Morcillo iba con pocas ganas el jueves, pero el doble encuentro con sus amigos, programado y fortuito, disipó la negatividad. La primera en la frente: en el escenario Txiki, Cymande habían sido reemplazados, sustituidos, supusimos, por Los Punsetes. N y Morcillo comentaron la puesta en escena del grupo, basada en el hieratismo de su vocalista. N manifestó sus dudas al respecto, tildándola de «sobreactuación» y Morcillo estuvo completamente de acuerdo con la expresión de su juicio. Por lo demás, el grupo cumplía con solvencia y desparpajo para regocijo de sus fans. Respeto siempre por los músicos y por los músicos profesionales, pero no eran la cup of tea de Morcillo ni de la mayoría de la troupe, por lo que sé decidió peregrinar a Basoa, el bosque del tecno. Más encuentros con amigos por el camino, otros que se dispersan y pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum, pum, hete aquí que nos encontramos bailando entre la multitud en el akelarre tecnológico del bosque. A Morcillo, un joven conocido suyo le había dado un par de semanas antes un cigarrillo de marihuana. Como Morcillo es muy sensible al thc y no sabía la cantidad de maría que contenía, pensaba desmenuzarlo y liar dos cigarrillos, pero la inmediatez del momento, el engorile tecno bajo las luces, entre los bailes y sonrisas de sus amigos, hizo que lo encendiera tal cual. Pronto se dio cuenta de que el tipo que le había dado el cigarrillo había usado como boquilla un filtro. Tras manifestarlo, se lo dio a Asistente junto con un pedazo de cartón de su paquete de tabaco y esta lo enrolló, extrajo el filtro e insertó el rulo en la boquilla rápidamente. Morcillo dio unas caladas y se lo pasó a Asistente, y Asistente luego al resto de los amigos. Morcillo notó de inmediato el efecto del cigarrillo. Todos bailaron y se rieron. Fulminado el cigarrillo, emprendieron el camino hacia el escenario donde en breve tocarían Air. Pero el amigo del novio de A, E, es decir, A2, de repente había desaparecido. E llamó a A2. A2 dijo que estaba en una barra en la que ponía Beefeater. Lo encontraron enseguida. Mientras tanto, Morcillo y Asistente iban partiéndose de risa haciendo chistes de la situación.
AIR aparecieron en un escenario retrofuturista recortado por un marco rectangular blanco a juego con sus indumentarias. Una retronave espacial. Desde el flanco derecho, Morcillo observó al bajista mientras comenzaba a tocar el riff groovie y tranquilo de La femme d’argent, primera canción de su disco Moon Safari (98), en el que se basaría su concierto. El riff disparó los neurotransmisores de Morcillo. No es del todo exagerado decir que se sumergió tanto en en ese riff que, musicalmente, el día terminó para él en aquel momento. Sin embargo, disfrutó mucho del resto del concierto. Más tarde le dijeron que el sonido en ese escenario había estado demasiado bajo, pero él no lo notó.
En los días previos, Asistente y él habían estado revisitando o descubriendo un poco la mayoría de los grupos del cartel a través de una playlist. Al escuchar el hit Sexy Boy, recordó que le había resultado deprimente. No en vano, Air y su Moon Safari le parecían y parecen buenos representantes de lo que se podría llamar el fin de fiesta de finales de los 90, y quizá esa canción desganada, morosa y deprimente pero buena, muy buena, se llevara la palma. Morcillo alucinó con la calidad de reproducción de los músicos. Todos bien surtidos de melena y estilo afrancesado; el batería muy sixties en la pantalla gigante. Las voces, comedidas, cuidadas, perfectas. El bajista, ahora guitarrista, sostenía la mirada al público con su cara de palosanto y un peluquito que a veces tenía tiempo de retocar con un tranquilo movimiento de la mano o la cabeza y se demoraba en los suaves bendings de Sexy Boy, ejecutados a la perfección. Momentos antes había estado tocando un teclado. Tensión entre la seguridad y soltura de la ejecución y la seriedad y diligencia que exigía la situación. Morcillo se preguntó entonces por la experiencia de reproducir diligentemente y sin falla, a ser posible, un sonido. El sonido de un grupo profesional. Y le pareció un sacrificio. Una condena. Reproducir una y otra vez un sonido, unas mismas canciones, y hacerlo tan bien o mejor que en el disco. Le parecieron entonces los músicos los sísifos de nuestra época. Y pensó que era mejor cuando los grupos eran más punk. Y pensó que el sonido de un grupo es, en el fondo, anecdótico y que, en lugar de repetir la anécdota que resulta que hace gracia a todo el mundo (o eso parece), deberían tocar sus canciones con el sonido que les apetezca en ese concierto o gira y cambiar las canciones como les parezca oportuno, como Bob Dylan, por otro lado, pero más.
Ah… y aquel fin de fiesta de finales de los 90. El suicidio de Kurt Cobain. El 11S. Todo se fue a la mierda. Cada vez más revivalismo. Cada vez más bandas tributo. Y en paralelo, primero los modernos y luego los hipsters, cada vez más cínicos y sobre todo frívolos y superficiales. Desde la falsa sentimentalidad o manierismo del sentimiento en que se convirtió la música de Radiohead a la absoluta ausencia de esencia de Coldplay. Etcétera. Comercio sentimental por la técnica. Obsesión por la técnica y lo profesional. Por eso a Morcillo no le gusta el revivalismo, porque es contrario al espíritu de la Música, que es el sentimiento, y porque, además, adolece de falta de sentido de la realidad, lo que es un pecado en sí mismo de considerables dimensiones y, además, provoca una sensación de falsedad e inversimilitud.
Pero Morcillo habría pronto de expiar sus propios pecados: la dipsomania y la gula provocadas por la sustancia verde.
La primera lo tenía yendo a visitar los baños cada dos por tres e incrementaba su globo. La segunda lo obligó a comerse una hamburguesa infame. Y lo peor: Todo ello mientras sucedía uno de los mejores conciertos del festival a decir de los entendidos y de la propia Asistente.
MASSIVE ATTACK tienen un nombre de la hostia. En el sentido literal, que es el que más le mola a Morcillo, y en figurado, ya que no se puede negar que son un grupo admirado y respetado por la mayoría de melomanos amigos de Morcillo y por la ¿comunidad melomana? en general, pero lo cierto es que nunca le han enganchado. Eso podría haberse matizado si Morcillo no hubiera estado como estaba al inicio del concierto. Es muy posible, ya que a Asistente le moló mucho y, aunque no siempre, suelen coincidir.
En lugar de ello, el profesor Morcillo fue a mear varias veces y se perdió. Intentó utilizar el gps pero no conseguía encontrar a Asistente: la curva que representaba el trayecto hasta su situación se daba la vuelta caprichosamente. Por ello, decidió alejarse de la multitud, pensando que desde una distancia mayor, la trayectoria hasta Asistente quedaría mejor geoposicionada en el google maps. Y así fue a la postre. Sin embargo, al alejarse vislumbro unos puestos de comida que decidió visitar.
Con la esperanza de adquirir un aporte energético que le hiciera recobrar fuerzas, se decidió por una hamburguesa. Esperó una cola relativamente corta y fue atendido por tipo joven, expeditivo y corpulento, que le recordó a Dani Martín. Su hamburguesa le fue entregadada enseguida. Morcillo la tomó y se colocó a un lado del mostrador. Estaba hambriento, pero también en un estado de despiste que propició que no se diera cuenta de que la hamburguesa estaba muy poco hecha hasta que ya se había comido la mitad. Si bien a Morcillo le gusta la carne de vacuno poco hecha, no la soporta así cuando ha sido picada. Como ya se había comido la mitad se comió el resto sin decir nada. En sus adentros maldijo la prisa de los vendedores, una producción en cadena en nada distinta al fordismo de la primera mitad del S. XX, conocida y comentada en obras importantes como Metrópolis, de Fritz Lang, o Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, de Simone Weil. Le repugnó la obscenidad del sistema bbk live en ese aspecto. Pero lo peor fue que el asco se materializó físicamente en su estómago. Sentía los gusanos de carne picada en su cuerpo, sus fragmentos entre dientes y muelas, su persistente sabor en el esófago. Es carne muerta. Carroña, no lo olvidemos. Una cuestión existencial.
Que, sin embargo, puede hacerte pensar en otras obscenidadades.
Parece que la puesta en escena de los Massive Attack, cargada de crítica política internacional, ha resultado polémica. A unos les parece que los artistas no deberían dar la vara o intentar condicionar a su público en ese terreno y a otros que deben posicionarse. Es un gran tema de discusión que acometeremos en otro momento. Hay que destacar la presencia de Elisabeth Fraser, la mítica voz de Cocteau Twins, una voz que podría ser como la quintaesencia del capítulo sobre la música de El mundo como voluntad y representación de Shopenhauer.
Morcillo también quería haberse asomado al concierto de Los Planetas, a ver si mejoraba su opinión sobre este discutido grupo o no, pero no pudo ser, y aún menos a lo de The Prodigy, que estaban anunciados como a las 2 de la mañana. Fue amonestado por su colega P: «Muy mal», dijo en el wasap. Le hubiera encantado, pero curraba al día siguiente, además. Tuvo que conformarse con ver horas antes a un impersonator de Keith Flint rulando por el festival. Una visión curiosa. Y más teniendo en cuenta que el histrioniónico, el jarto bailarín y cantante se suicidó en 2017.
Cuando iba bajando la cuesta hacia el autobús junto a A y Asistente, escribió unos apuntes en su móvil para un poema que acabarían revelándose difícilmente utilizables.
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